Dios no tiene cristales en las gafas

 

Te hiciste de rogar. Ese día, el paritorio estaba como la M30 en hora punta. Después de mucho <<empuje>>, intervino un hombre con una mano enorme que puso punto final al dolor y a los sufrimientos; al tuyo y al mío. <<La maternidad está muy sobrevalorada>>, dirías tú hace poco.

Desde el baño se oía la música en la cocina, y la canción que más te identifica: “Si tú me dices ven…”

Pasaron los años y, después de punta, tacón, punta, vinieron los campamentos, con <<guanaminos>> y las tormentas donde eras la guía de guías. Y allí en la montaña más alta del universo, lejos de casa, había una <<ermita>> y nació la mujer que conoció a todos los mosquitos de las tierras leonesas.

Podría contarte muchísimas historias de tu infancia, adolescencia y juventud; más de una historia perdida entre las páginas de Harry y los sonidos de la Oreja de Van Gogh. Pero hoy nos centramos en momentos felices, porque quiero escribirte la historia más bonita del mundo.

Donina oyó unos golpes que procedían de la terraza de la cocina, dejó la servilleta y fue a ver qué pasaba. Vivía en un tercero sin ascensor, y desde la ventana de la estancia se podía ver varios cuartos trasteros donde guardaban las bicicletas. Allí estaba, en una esquina del patio, un gatito blanco con manchas negras que, encogido sobre sí mismo, maullaba y se golpeaba contra una de las puertas. No lo pensó dos veces; salió corriendo con las llaves del patio y, bajando las escaleras de dos en dos como un torbellino, entró. Empezó a buscar al felino llamándolo <<miisi, misi, mis>>, pero el animal no estaba; ya no se oían ni los maullidos ni los golpes sobre la puerta de los contadores.

Volvió y, decepcionada por no haberlo encontrado, tuvo que llamar a la vecina. Con la euforia del gatín se había olvidado las llaves de casa y no podía entrar. Tocó dos veces el timbre y, cuando la vecina abrió, Donina quedó sorprendida al ver que salía con un gato rayado de color canela en brazos que llevaba una cinta azul en el cuello.

  •  Eh, hola. ¿Podría dejarme mis llaves? Se ha cerrado la puerta al bajar al patio y no está mi madre.
  •   Ah, vale, hija, voy a buscarlas. ¿Me sujetas al perrillo?
  •    Sí, esto… claro. Cómo no. No sabía, que tuvieras un gatito.
Mila era una señora mayor y confundía algunas situaciones y cosas; Donina no le dio más importancia que llamara <<perrillo>> al gato que le había pasado. Un gato rayado color canela con una preciosa cinta azul, ¿verdad, encanto?

Toma, aquí están.

Sí, gracias. Toma tu gatito.

¿Cómo? No es mía esa cinta. Iba a preguntar a tu madre si se le había caído, porque estaba en el descansillo del patio y es una pena, parece buena.

  •    ¡Esta cinta! ¿Entonces… no es tuyo este gato?
  • No, Doni, -así la llamaban en el vecindario-. Antes, cuando vine de la farmacia, casi la piso, ¡y menudo golpe me habría dado si no hubiese sido por un vecino del sexto que la cogió y me la dio! El chico pensó que era mía y ya ves. Pero no, nena, no es mía. ¿Tú, no sabes de quién será?
  •   Mire, Mila, no se preocupe, ya averiguo yo de quién es. ¿Quién dice que se la ha dado?
  •   Pues ese pelirrojo del sexto con gafas, que siempre que pasa saluda y dice <<buenos días>>  o <<buenas noches>> cuando bajo la basura. Es muy amable; fíjate que muchos días que vengo cargada me sube la compra. Lleva unas gafas de adorno, porque si no tienen cristales; no son para ver, ¿Verdad?
  • Y es que, con la vida tan acelerada que llevamos, no vemos nada. Hay seres sufriendo y parece que no queramos verlo. Y puede ser que no lo veamos, que llevemos unas gafas sin cristales... aunque a nadie le quedan bien unas gafas sin cristales; ni siquiera a Dios.
  •    Vale, pues voy a ver si lo localizo.
  •     No se te olvide devolverme las llaves.

Donina se fue a su casa, con la cinta y el gato; que ronroneaba encima de ella. Empezó a hablar con él:     Vamos a ver, tu eres un gato, ¿verdad?

    Le miraba por todos los lados y, ¡voilà!, el gato la miró a los ojos y le lamió la barbilla. Igual era ella la que le había confundido y era un perrillo color canela. Por más que miraba, más se enamoraba de aquella bola rayada de color caramelo. <<Debo estar en las nubes >> se dijo, <<porque pareces un perro>>. Bueno, ¿y a quién pregunto? Aquí que yo sepa, no hay 6 plantas. Seguro que se ha equivocado y será en el 4º. B que hay gente nueva.

   Antes de nada, le devuelvo las llaves a Mila y después investigamos.

Donina volvió al rellano de la escalera y, con el gato en brazos, llamó a la puerta de su vecina. Mila salió y, sonriendo le preguntó: ¿Es tuyo ese perrito? Ya dice tu madre que te encantan los animales. Mira qué majo es. A mí me gustan más los gatos, tienen más personalidad. Bueno, chiqui, ¿te vas ya al insti? Pues nada, reina. ¿Qué quieres? -Yo venía a traerte las llaves que me dejaste. Que pases un buen día Mila. -Cuando tú quieras me dejas al perrito que ya sabes que a mí me encantan los animales. Teníamos en el pueblo  un perro que, de tantos mimos, lo <<engatamos>>. Tenía razón mi padre cuando decía: <<dejad ya al perro que lo vais a engatar>>. Y fíjate que te digo, a veces parecía que maullaba como este.

Donina estaba pensando cómo huir sin que la buena mujer la tomara por maleducada. No necesitaba saber más de la historia, pero la cháchara era tan importante para ella que Donina decidió: <<en algún momento reconocerá que es un gato>>.

Y llegó el punto en el que se decidió a pararla. Ahora o nunca.

  •  Bueno, Mila pues te dejo y nos vemos luego.

Donina subió al 4º.B y tocó el timbre. Segundos después se abrió la puerta y apareció una joven morena de rasgos latinos. La miró sorprendida y exclamó:

  •  ¡Ay, mil gracias por subirme la cinta! No comprendía que había pasado; esta mañana se cayó del secadero y cuando bajé no la vi. Era de mi tata, es de pana y, tú sabes, una no quiere perder las cosas entrañables de la parentela.

Donina miró hacia sus brazos y allí estaba el gatito rodeado de una cinta azul de terciopelo

-Mila la señora del tercero, me dijo que se la había dado un chico pelirrojo con gafas que vive aquí. ¿Puede ser?

-No, aquí vivimos mis hermanas y yo. Quizás  viva en el nivel sexto.

Donina se decidió a interrumpirla

Verás… ¿qué sexto? Si en el bloque no hay un sexto.

Arriba, más arriba…gracias.

 La joven cogió la cinta azulada que brillaba como una estrella, y cerró la puerta, dejando a Donina anonadada.

Soltó al gato-perro en el suelo. Empezaba a impacientarse como una vaca-burra en un garaje.

¾    Vamos, Doni, en busca del pelirrojo con gafas sin cristales a su despacho.

Subió hasta la azotea y allí no encontró a nadie; o bueno, sí:  encontró algunas latas de comida de gato, una diadema plateada y desgastada, y paquetes de comida de <<desperdicio cero>>. El gato la seguía y, de vez en cuando, olisqueaba las latas empezadas. ¿Se lo imaginaba ella o, el animal era más pequeño que la última vez que lo tuvo en brazos? Mientras lo miraba, sentía que los ojos del felino eran ahora divertidos, ahora gruñones, ahora tristes y, por momentos, románticos-suspirosos.

Dejó de fijarse en él porque sintió que subía gente y necesitaba ver quién era: -la vecina del 4º.A con los dos niños.

  • ¡Mamá! Ese gatito lleva mi diadema en la boca.
  •  ¡Uy! Pues sí. Doni ¿tu gato se ha encontrado la diadema?

Donina miró hacia el animal y allí estaba él, con la diadema brillante y plateada, tal como un perrito pequeño con su tesoro. La niña se acercó y él gentilmente se la dejó en la mano.

  •  Mamá, creía que la había perdido, con lo mucho que me gusta.
  •   Pues ya ves que el gato de  Doni se la ha encontrado. -La madre se acercó a Donina y le susurró-: << ¿De dónde la ha sacado, si la tiré la semana pasada?

Y, por si fuera poco, todavía se oía a Mila en el descansillo metiendo ruidosamente las bolsas de la compra.

¾    Hija, ¿Cuándo nos van a poner el ascensor? Si no fuera por ese chico no podría comprar… estas bolsas cada vez pesan más…

 Donina seguía al gato entre el monólogo de Mila.

El animal corría y ahora bajaba al patio donde, posiblemente, lo había visto por primera vez. La puerta de los contadores estaba entreabierta; él no tuvo ningún problema para entrar maullando. Ella con muchísima prudencia, asomó la cabeza y allí encontró a un señor mayor con gafas -sin cristales- y pelo rojizo rizado, tal y como había dicho Mila.

  •  Hola, buenas. ¿Es suyo este gato?
  •   Bueno, si nadie lo quiere, sí, me lo quedo. Pero ya me cuesta conseguir comida para mí, así que, como no le guste el <<desperdicio cero>>, va a pasar mucha hambre. -Y usted, ¿dónde vive? -Yo en todas partes. -Bueno… ¿tendrá una dirección? -No sé… allí donde haya paz, pueda descansar tranquilo.

Donina pensó que el hombre tampoco daba tanto miedo como para salir corriendo y que, tal vez podría ayudarle de alguna forma.

  • ¿Quiere que le baje algo de comida y alguna ropa?

El hombre, con cara de cansancio contestó -No, si acaso… -señaló a un gatito que tenía en una caja- Llévatelo, porque no me deja dormir. Y mañana ya me lo bajas.

Era el gatito blanco y negro que había visto desde la ventana golpeando la puerta. Pobre animal, quién lo habría dejado allí tan pequeñín.

  •  Vale, me lo llevo -dijo mirando hacia el hombre; que ya no estaba en el cuarto. Y se le habían caído las gafas, sin cristales, en el suelo.

Salió con el gatín en los brazos y siguiéndola el perro rayado color canela. Y porque el señor, necesita unas gafas con cristales, yo me he atrevido a escribirte la historia más bonita del mundo.

Por Lola Fuentes Casado


 

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