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LA PIÑA HERFU

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  Podría empezar a enumerar todo lo que me cabrea de ti, pero entonces me convertiría en la Carmen de Cinco horas con Mario; prefiero contar todo lo que me atrae y me gusta de tu forma de ser. Sí, empiezo por el físico: tu pelo. Ahora que te lo has dejado largo me gusta mucho ese look, pero siempre me ha enamorado ese negro azabache, como Platero. La hija tiene ese mismo tono y ya empieza a tener canas y grandes mechas blancas. Y ahora vamos con tu nueva vista: eso de quitarte las gafas en la jubilación está muy bien. Es una buena opción estar de jubileta y atender la casa. Lo mejor de ti, psíquicamente, es tu actitud positiva: el que me hace reír cuando me hundo. Ya ves, yo soy toda negatividad. Será porque he vivido muchos momentos de «eso no» y muchos de «no eres mi hija», y eso me lleva a que me traten como a una niña: «aquí está papá para defenderte». No lo soporto. Y voy a seguir con el amor. Ese cariño o amor que tú me das no sabes cuánto me llena y, lo peor, es que ...

Las Grecas

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  Las Grecas Aquel piso era pequeño; por el barrio eran todos parecidos. Igual los de nueva construcción tenían unos metros más, pero la mayoría no pasaban de 70 metros cuadrados. Tampoco se necesitaba más de 50 metros, pero la chica ya empezaba a tontear con chicos y, si se podía, comprar otro un poco más grande no estaría mal. Salió la oportunidad de comprar un piso de 90 metros en una calle cercana a la que vivían. Marina recuerda con ilusión cuando en televisión aparecieron "Las Grecas", un grupo musical compuesto por dos chicas de etnia gitana. Si bien es verdad que Las Grecas se popularizaron por toda España —sobre todo a través de la televisión—, dentro del barrio fue todo un acontecimiento, porque en el edificio nuevo donde habían visto el piso en venta había un local que convirtieron en bar-restaurante, y Las Grecas, o al menos su familia, se instalaron allí. Bueno, pues hasta ahí llegó la ilusión del piso, porque existía el temor de que fueran muy escandalosos...

Un taxi con alas.

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  Vivir con el abuelo en casa resultaba, a veces, un desgaste tanto físico como moral. Cuando Marina y Alfonso se unieron para formar su propia familia, la historia venía con un «paquete» de tres abuelos repartidos en sus respectivas casas. Los abuelos siempre ayudan a las nuevas generaciones, aunque en este caso eran tanto un apoyo como un incordio debido a las chocantes personalidades. Sin embargo, ese verano se lo iban a agradecer. Eran jóvenes, tenían ya una pequeña morenaza muy cariñosa y venía otro bebé en camino, por lo que la economía familiar se resentía. Así que el abuelo decidió que él pagaría el viaje y el hotel. Pensándolo bien, no estaba tan mal; después de todo, solo lo tenían con ellos cuatro horas al día y pronto vivirían juntos todo el año. La propuesta de ir a Tenerife fue aceptada por todos. Viajar en avión era una aventura nueva, especialmente para Marina, embarazada de cuatro meses tras haber pasado el primero ingresada por hiperémesis gravídica. Afortunad...

BESOS

  Enumerar los besos con su fecha y lugar donde se dieron supone un gran trabajo. Esos besos que van unidos al deseo sexual, no los de «chichinabo», que son más afectuosos y de amistad. En la opinión de Marina los besos debían ser los justos y necesarios; besar a alguien que acaban de presentarte no tenía razón de ser. Era una comunicación creada por una sociedad que vivía en la hipocresía y fuera de valores. Un buen día se levantó por la mañana asustada por algún ruido extraño y, después de verificar que toda la casa estaba en orden, salió a la terraza del ático y allí se quedó. Miraba por la rejilla hacia la acera y en ella pudo ver a una pareja comiéndose a besos. Tal y como se sentía parecía que estuviera en la cárcel. Malditos gatos. La pareja seguía allí cuchicheando y con pequeñas risitas. Mochuela, su gata favorita, se acercó: —¿Qué pasa, mimosa? ¿Tú también vienes a cotillear? Estoy pensando que voy a contar los besos eróticos-sentimentales que he dado en mi vida...

EL BOTE

  Para hacer la crema, se mezclan huevos, azúcar, harina de maíz y leche (ya sea condensada o desnatada). Una vez todo unido, se incorpora un poquito de canela para que ese olor vaya más allá de nuestro gusto, traspase nuestros sentidos y haga salivar nuestra boca. En una sartén a fuego mínimo, se echa azúcar y, cuando empiece a oler a caramelo con un hilillo de humo, se incorpora una cucharada de leche condensada. ¡Oh! ¡Por favor, ese caramelo! La leche condensada, blanca pero quemada, burbujeando en la sartén... Y si queremos deleitarnos con su sabor, lo volcamos todo sobre un pedazo de bizcocho con mousse de limón. El caramelo con el limón: azúcar agrio. El bote de leche condensada, icono de muchas infancias y amuleto de los años 60. Al entrar, olía a fresas con azúcar y vinagre; estaban haciendo mermelada para embotar. Marina disfrutaba con los dulces de su tía Ana, hermana de su madre, y, sobre todo, con el bote de leche condensada con dos agujeros. A media tarde, cuando...

LOS GRISES

 N uestra generación, la de los baby boomers, ha sido la primerita hasta para apuntarse al paro. Cuando en una casa había varios hijos, los últimos lo heredaban todo: los bofetones, la ropa, los "cállate, mono, que tú no sabes nada" y el miedo a los Grises. De los libros de texto nos libramos porque nos pilló el cambio al BUP. En un país que pedía a gritos libertad y democracia en los años setenta, fuimos los primeros en inaugurar una reforma educativa —la EGB (Enseñanza General Básica) y el BUP (Bachillerato Unificado Polivalente)— y, dos años después, en ver cómo las clases públicas volvían a ser mixtas. También fuimos los primeros en engrosar las listas del paro que nuestros hermanos mayores, los de la revolución del 67, se encargaron de abrir; un camino hostil para trabajar en una sociedad todavía llena de la oscuridad y los privilegios del régimen autoritario que se implantó hasta 1978. Con ese panorama, las universidades echaban humo y los trabajad...

peseta caballo manzana

  Era muy joven cuando le dijeron que su marido había muerto. Tenía, si acaso, treinta y seis años, una hija de apenas cinco meses y un futuro como viuda sin recursos. —Mira, a tu padre lo mató un soldado borracho cuando iba en la bicicleta a trabajar —le diría años después a la joven. De tanto oír la historia, la hija se propuso investigar cómo y dónde había sido. Ninguno de los noticieros de 1962 —tampoco es que hubiera muchos— había publicado el suceso. Pero si al cóctel de un conductor borracho le sumamos que era un soldado de la base norteamericana de Torrejón de Ardoz, el silencio de la época se volvía bastante comprensible. Seis años después de aquella tragedia, la mujer conoció a otro hombre. Un hombre bueno que le prometió mirándola a los ojos: «Mientras estés conmigo y yo viva, ni a ti ni a la niña os faltará nada». Cumplió su promesa. Incluso cuando la familia de ella, preocupada por el «honor vecinal», la acosaba a preguntas murmurando que estaban "arrejuntados...