Un taxi con alas.

 

Vivir con el abuelo en casa resultaba, a veces, un desgaste tanto físico como moral. Cuando Marina y Alfonso se unieron para formar su propia familia, la historia venía con un «paquete» de tres abuelos repartidos en sus respectivas casas. Los abuelos siempre ayudan a las nuevas generaciones, aunque en este caso eran tanto un apoyo como un incordio debido a las chocantes personalidades.

Sin embargo, ese verano se lo iban a agradecer. Eran jóvenes, tenían ya una pequeña morenaza muy cariñosa y venía otro bebé en camino, por lo que la economía familiar se resentía. Así que el abuelo decidió que él pagaría el viaje y el hotel. Pensándolo bien, no estaba tan mal; después de todo, solo lo tenían con ellos cuatro horas al día y pronto vivirían juntos todo el año.

La propuesta de ir a Tenerife fue aceptada por todos. Viajar en avión era una aventura nueva, especialmente para Marina, embarazada de cuatro meses tras haber pasado el primero ingresada por hiperémesis gravídica. Afortunadamente, esa etapa de asentamiento del bebé —esperaba un chicazo— ya había pasado; ahora estaba relajada y con antojos constantes, sobre todo de Coca-Cola bien fría con hielo y limón.

La pequeñaja de la familia tenía tres años (cumplía cuatro en diciembre) y aún hablaba con esa graciosa lengua de trapo. Era única deleitándolos con sus canciones:

—Ahora voy a cantar vuestra canción favorita: «Si tú me dices ven... toro».

El vuelo de ida fue mejor que el de vuelta, pero guardan un recuerdo perfecto de toda la tripulación. Se alojaron en un hotel cuyo nombre, 32 años después, es difícil de recordar (estaba entre Galgos, Dogos... corría el año 1992). Hoy el hotel ya no existe con ese nombre, pero eso no importa para continuar la historia.

Al llegar a la isla, esperaban la forma de subir al hotel, situado en lo alto de un cerro. Había dos opciones: la guagua o un taxi. Con el calor, las maletas y una niña de tres años, la elección se redujo rápidamente a una sola opción: el taxi.

Se subieron al coche y el conductor preguntó:

—¿A dónde van?

Alfonso le dio el nombre del hotel y arrancó la aventura.

¡Brum, brum, fpiuuu! ¡Vamos, vamos, que nos vamos!

¡Ay, diosico! ¡Aquel hombre había tomado la carretera como si fuera una pista de despegue! Las curvas se sucedían una tras otra y la velocidad no paraba de aumentar. Eso no era un taxi, era un caza a reacción, y la sinuosa carretera, su pista. A medida que aceleraba, la risa de Marina se volvía cada vez más histérica, hasta el punto de no poder articular palabra.

¿Cuántos kilómetros eran? Quizá apenas dos cuesta arriba, pero entre el arranque y la llegada parecieron cuatro. Marina no paró de reír en todo el trayecto. Hoy en día, cuando se siente triste, recuerda aquel «vuelo con ruedas» y se le dibuja una sonrisa en el rostro.

Por suerte, el niño nació perfectamente; al fin y al cabo, no todos los taxistas de Tenerife compiten en la Fórmula 1. Hoy, cuando Marina ve los vídeos de esa época, aún puede ver cómo se mueve la tripa. Aquel bebé es ahora un enfermero de lo más activo.


Es curioso cómo la mente procesa esos momentos extraños que pueden rozar lo dramático o lo cómico. Nuestro cerebro es sabio y sabe clasificar o dejar ir los recuerdos según le conviene. Pero de lo que no hay duda es de que... ¡Diosico, aquel taxista era un piloto de Fórmula 1 encubierto!

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