El agujero en el velo
Allí estaba,
en el escaparate de la calle Alcalá, haciendo esquina con la calle Caudillo de
España. Tiempo después cambiaron el nombre de la calle, y hoy ya nadie se
acuerda del primero.
Era un vestido
precioso: organza blanca con flores y un velo. La corona de florecillas nos la
prestó una amiga de la familia, a juego con la limosnera, ese bolsito de raso
que colgaba de la muñeca. La corona de reina se apoyaba justo en la «castaña»,
aquel recogido apretado en la cabeza que hoy las peluqueras llaman chignon,
pero que entonces solo era una castaña para sujetar los sueños de las niñas.
Marina iba a
hacer la primera comunión como una reina, toda vestida de blanco (no había otra
opción). Sus padres tenían el dinero suficiente para comprarlo; dentro de la
economía familiar, al menos que no fuera
prestado. Años después, muy limpito, el vestido pasó a una prima; hoy en día,
lo utiliza como disfraz la hija de una amiga de su propia hija. Las vueltas que
da el destino.
¿Era una reina
inocente? Qué va. Era una reina con maldad inocente y, sobre todo, mucho
aburrimiento.
Durante la
misa, todos estaban en los bancos de la iglesia, cada uno atrapado en su propia
ilusión y pensamiento. Todos pensaban en la fiesta posterior y en los regalos
de los parientes; algunas niñas miraban de reojo a sus familiares, que
«lloraban» de emoción por haber llegado hasta allí. Todos en su propio limbo,
pero con diferentes mentes.
Marina,
soberanamente aburrida, empezó a entretenerse con el velo a la espalda. Sus
dedos ociosos se unieron al deseo silencioso de «que acabe esto ya». Y, asi
sin darse cuenta, empezó a rasgar el tejido, haciendo un pequeño agujero.
Horas después,
en casa y tras pasar por el suplicio del fotógrafo, Marina descubrió la verdad.
Su madre, al verlo, la recriminó de inmediato, pero Marina mintió como una
bellaca. Argumentó en su defensa una historia fantástica, echándole la culpa a
la compañera de la izquierda (o a la de la derecha, qué más daba), aunque la
verdad era que Satán habitaba en ella aquella mañana.
Al terminar el
día, le molestó mucho que le quitaran el vestido para guardarlo entre
algodones. «Para tus hijos», sentenció su madre. En 1988, demostrando que el
espíritu de la comunión seguía vivo, se fue con su vestido de novia a una
discoteca, ignorando por completo los lamentos de su madre afligida, que
también quería guardarlo para la posteridad.
Aquellos eran
niños inocentes con intereses blancos: solo deseaban comer los dulces que en
los días normales no tenían y jugar con los familiares que venían de fuera. La
educación religiosa de la época, en muchos casos, no existía como tal; si se
daba, estaba encajonada dentro del concepto de «pecado», una etiqueta que se le
ponía a todo aquello que no interesaba a la sociedad del momento. Hoy, afortunadamente,
el día a día está más cerca del amor, la amistad y la cercanía humana.
Años más
tarde, Marina disfrutó de verdad con la primera comunión de sus propios hijos.
Ejerció de catequista con los dos y les dio la pauta que ella nunca tuvo: total
libertad. Les dejó jugar con sus trajes y arrastrarse por el suelo. Ninguno
quiso dejárselo puesto después de la ceremonia. Y Marina, recordando el agujero
de su velo, sonrió aliviada.
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