EL BOTE

 

Para hacer la crema, se mezclan huevos, azúcar, harina de maíz y leche (ya sea condensada o desnatada). Una vez todo unido, se incorpora un poquito de canela para que ese olor vaya más allá de nuestro gusto, traspase nuestros sentidos y haga salivar nuestra boca.

En una sartén a fuego mínimo, se echa azúcar y, cuando empiece a oler a caramelo con un hilillo de humo, se incorpora una cucharada de leche condensada. ¡Oh! ¡Por favor, ese caramelo! La leche condensada, blanca pero quemada, burbujeando en la sartén... Y si queremos deleitarnos con su sabor, lo volcamos todo sobre un pedazo de bizcocho con mousse de limón. El caramelo con el limón: azúcar agrio. El bote de leche condensada, icono de muchas infancias y amuleto de los años 60.

Al entrar, olía a fresas con azúcar y vinagre; estaban haciendo mermelada para embotar. Marina disfrutaba con los dulces de su tía Ana, hermana de su madre, y, sobre todo, con el bote de leche condensada con dos agujeros.

A media tarde, cuando en la casa era la hora de descansar —la siesta española—, la niña de doce años jugaba a las tenderas. Con energía jovenzuela, sacaba todas las verduras, legumbres y frutas del aparador para vendérselas a sus clientas. Allí también se vendía leche condensada:

—¿Quiere usted probarla?

Y la probaba ella misma, en un alarde por tener contenta a la clientela.

La familia observó que el bote iba disminuyendo bastante y, a pesar de las regañinas y enfados, este seguía bajando y bajando. Ante la misteriosa disminución del preciado manjar, la madre decidió ponerlo a buen recaudo: se lo llevaba con ella y lo dejaba debajo de la cama mientras dormía la siesta. Y entonces se acabaron las siestas gozosas del verano; terminaron cerrando la tienda y el disfrute de las clientas.

Marina, triste, observó cómo su madre empezaba a comprar leche pasteurizada ante un alza en el precio de los botes por parte de los productores y ganaderos. Pudo ser una crisis en la familia, pero el vacío fue suplido por las trenzas de dulce que merendaban todos los domingos.

Marina no privó a sus hijos del bote, pero tampoco compró ninguno: «¡Oh, maravilloso bote! ¡Te adoramos!».

Años después, en el 2026, toma medicación para la diabetes y, aun así, sigue adorándolo.

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