LOS GRISES
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uestra generación, la de los baby
boomers, ha sido la primerita hasta para apuntarse al paro. Cuando en una casa
había varios hijos, los últimos lo heredaban todo: los bofetones, la ropa, los
"cállate, mono, que tú no sabes nada" y el miedo a los Grises. De los
libros de texto nos libramos porque nos pilló el cambio al BUP.
En un país que pedía a gritos
libertad y democracia en los años setenta, fuimos los primeros en inaugurar una
reforma educativa —la EGB (Enseñanza General Básica) y el BUP (Bachillerato
Unificado Polivalente)— y, dos años después, en ver cómo las clases públicas
volvían a ser mixtas. También fuimos los primeros en engrosar las listas del
paro que nuestros hermanos mayores, los de la revolución del 67, se encargaron
de abrir; un camino hostil para trabajar en una sociedad todavía llena de la
oscuridad y los privilegios del régimen autoritario que se implantó hasta 1978.
Con ese panorama, las universidades echaban humo y los trabajadores, de vez en
cuando, se atrevían a hacer huelgas.
En casa de Marina no había
hermanos mayores; sólo un primo pequeño gracias al cual —y porque vivía allí
medio alquilado, excepto el mes de verano que se iba con sus padres— se pudo
tener televisión.
Cuando llegó el momento de
decidir qué hacer al terminar el colegio, los padres, que tenían unos niveles
de estudios muy básicos, hablaban con los profesores para recibir directrices.
Si había hermanos mayores, no había problema: normalmente se seguían sus pasos.
Pero si la familia tenía necesidades económicas, pasabas a trabajar
directamente a los catorce años. Cuando los hijos de una familia humilde tenían
muy claro que querían estudiar, se buscaban ellos mismos el instituto.
Y después de todo el proceso de
matriculación y de elegir una zona para estudiar (no muy lejos de casa por pura
economía), aparecían ellos. ¿Qué eran los Grises? Eran las fuerzas de seguridad
del Estado que los hermanos mayores conocían de las revueltas universitarias, o
que los padres sufrían en las huelgas. Los demás, corderos del "te
callas" en familias donde sólo contaba la opinión del Pater familias, no
los conocíamos, pero estábamos bien alertados para evitar el encuentro. Siempre
estaban apostados en algún punto concreto: una plaza, un descampado o una
calzada no transitable, siempre junto a su característico furgón gris.
Marina estaba bien aleccionada
por su madre: "Tú no te metas en problemas, que sólo te tengo a ti".
Ese "sólo te tengo a ti" acabaría siendo una frase grabada a fuego y
monótona a lo largo de toda su vida. Al final, los Grises no supusieron nada
para ella; eran mucho más amenazantes las frases maternas y su chantaje
emocional.
Años después, al terminar la
carrera de Magisterio, terminó saltándoselas a la torera. Aunque su libertad
acabó con el fracaso de aquel viaje a Granada, repetido a escondidas con su
amante en 1987.
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