peseta caballo manzana

 

Era muy joven cuando le dijeron que su marido había muerto. Tenía, si acaso, treinta y seis años, una hija de apenas cinco meses y un futuro como viuda sin recursos.

—Mira, a tu padre lo mató un soldado borracho cuando iba en la bicicleta a trabajar —le diría años después a la joven.

De tanto oír la historia, la hija se propuso investigar cómo y dónde había sido. Ninguno de los noticieros de 1962 —tampoco es que hubiera muchos— había publicado el suceso. Pero si al cóctel de un conductor borracho le sumamos que era un soldado de la base norteamericana de Torrejón de Ardoz, el silencio de la época se volvía bastante comprensible.

Seis años después de aquella tragedia, la mujer conoció a otro hombre. Un hombre bueno que le prometió mirándola a los ojos: «Mientras estés conmigo y yo viva, ni a ti ni a la niña os faltará nada». Cumplió su promesa. Incluso cuando la familia de ella, preocupada por el «honor vecinal», la acosaba a preguntas murmurando que estaban "arrejuntados" y que no se habían casado, ella se limitaba a sonreír de reojo: guardaba el libro de familia en el cajón de la mesita, donde se reconocían legalmente sus segundas nupcias.

Aquella noche de invierno, la luna llena caía descarada sobre la ventana del dormitorio, iluminando todo el cuarto con una luz intensa y fría. La enredadera colgaba sobre el alféizar y el viento la movía contra el cristal, emitiendo unos sonidos oscuros, fúnebres y extraños.

De pronto, la puerta se abrió de un golpe seco.

Allí, en el quicio, estaba ella. Vestía una combinación llena de puntillas, tenía el pelo revuelto por el sueño, el rostro envejecido y los ojos saliéndoseles de las órbitas por el pánico.

—No me engañéis —dijo con la voz rota—. A este también lo han matado.

Marina se incorporó de golpe en la cama. A su lado, su marido, medio dormido y sobresaltado, balbuceaba: «¿Qué pasa? ¿Qué pasa?». Marina se quedó mirándola fijamente, suspendida en el aire, sin saber qué hacer ni qué decir. Tras unos tristes segundos de asimilación, miró aquellos ojos angustiados que ya no pertenecían del todo al presente y se levantó.

—Nada, mamá. Vamos a la cama. Me acuesto contigo y verás que la noche pasa poco a poco.

La anciana, de unos setenta y ocho años, comenzó a balancearse sobre sus pies, regresando sobre sus pasos con palabras entrecortadas que se perdían en el comedor:

—¿Pero dónde está tu padre? No me engañéis de nuevo...

A Marina le costó mucho conseguir que volviera a la cama. Tuvo que hilar palabras cariñosas y tranquilizadoras, repetirle «ven, no pasa nada» y «te aseguro que todo está bien» como un mantra hasta que logró que entrara en el cuarto. Después de varios abrazos y besos en la penumbra, aquella pobre desdichada, que en su mente seguía buscando desesperadamente a su segundo marido, se quedó dormida.

 

A la mañana siguiente, el vacío seguía allí, impidiéndole hilvanar los recuerdos. No lograba comprender por qué su marido no había dormido en casa esa noche. Sabía muy bien cómo se llamaba ella misma y cómo se llamaba su hija; encontraba con facilidad los nombres de «Marina» o «Alfonso» para llamar a su yerno y a sus nietos, pero su mente no era capaz de procesar por qué esa noche su hija había tenido que dormir a su lado.

Ahora él no estaba. De nuevo se había ido, y esta vez ella no iba a consentir que la mintieran.

Se levantó arrastrando los pies, fue al baño, se vistió y, tras desayunar en silencio, miró a Marina con una firmeza infantil: le pidió que la llevara con su padre, estuviese donde estuviese.

—Bueno, pues ya estamos guapas —le dijo Marina con dulzura, intentando desviar el golpe—. Te lo voy a explicar de nuevo: nos vamos al hospital a ver a papá. Le han operado y hoy nos lo traemos a casa.

La anciana la miró con recelo, buscando la trampa:

—¿Y de qué le han operado? No mientas.

—No miento, tranquila. Le han operado de un ojo.

—Pues venga, dile a Alfonso que se dé prisa. Papá estará preguntando por mí. Ese hombre sin mí no sabe hacer nada...

Sentada en la consulta médica unos días después, la anciana miraba al doctor sin entender muy bien qué hacía allí. El médico se inclinó hacia ella con una sonrisa profesional y un bolígrafo en la mano:

—Bueno, ¿qué tal está? Le voy a decir tres palabras y quiero que me las repita: peseta, caballo, manzana.

Ella pestañeó, atrapada en los laberintos de una memoria que se desvanecía como el humo.

Al final, su segundo marido no se volvió a ir de su lado. Cumplió con lo prometido. Fue ella la que se marchó ocho años después, liberándolo de la guardia. Solo cuando ella se fue, él pudo descansar, sabiendo que nunca, mientras él hubiera vivido, le había faltado nada.

 

                                                

 

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